La paz de Westfalia

La paz de Westfalia es como se conoce a dos acuerdos alcanzados en las ciudades deOsnabrück y Münster en 1648, uno el 15 de mayo y el otro el 24 de octubre. Según estos tratados, se ponía fin a la guerra entre los estados beligerantes en Alemania, príncipes protestantes por un lado y Sacro Imperio y católicos por otro, y se concluía también el enfrentamiento que durante ochenta años enfrentaba a España con la República de los Siete Países Bajos. Fue, en resumen, el tratado que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, iniciada en 1618 con la Defenestración de Praga.

Los representantes diplomáticos del Sacro Imperio Romano-Germánico, España, Francia, Países Bajos, Suecia y una multitud de príncipes alemanes se reunieron en un acontecimiento diplomático sin precedentes, después de un conflicto de dimensiones extraordinarias que había arrasado por completo a Alemania, y que había supuesto la ruina de las pretensiones de la casa de Austria, tanto la rama española como la imperial.

La principal consecuencia de la paz de Westfalia fue el debilitamiento de las posiciones de Austria y España en centroeuropa. Paralelamente, salía muy fortalecida Francia, que representada por el cardenal Mazarino ganaba numerosos territorios en su frontera más oriental, entre otras plazas, Metz y Alsacia. Su guerra con España continuó hasta 1659, y terminó con la anexión del Rosellón y su promoción a potencia hegemónica del continente, en la paz de los Pirineos.

Personaje muy beneficiado en Westfalia fue el príncipe elector de Brandemburgo, que gracias a la mediación de Francia (que pretendía promover una potencia en el norte de Alemania que equilibrase la balanza con Austria) anexionó numerosos territorios y formó el núcleo de lo que en décadas venideras sería el reino de Prusia.

De aquel tratado, las Provincias Unidas lograron el reconocimiento definitivo de su independencia, y Suecia se convirtió en la mayor potencia del norte de Europa, logrando arrinconar a Dinamarca en su espacio continental, fuera de la península escandinava.

Pero las consecuencias de la paz de Westfalia fueron más allá de un simple reajuste territorial. En primer lugar, rompió la idea defendida por España y Austria de la universidad cristiana, por la cual el Emperador y el Papa podían mediar en los asuntos de toda la cristiandad por considerarla una gran República de distintos Estados, sometidos en última instancia a los poderes tradicionales. Triunfaba así la idea de Estado francesa, por la cual se rechazaba la injerencia de poderes extraños en los asuntos internos del reino, y se afirmaba con una legalidad independiente sobre un territorio determinado. De este modo, conflictos clave como la religión del Estado quedaron inmediatamente solventados: cada soberano decidía su confesión y las guerras de religión, que ensangrentaban Europa desde tiempos de Lutero, desaparecerían en adelante.

El papado quedaba de este modo apartado definitivamente de la participación que venía ejerciendo en las decisiones de la política europea, y el Imperio se convertía en una institución caduca que había perdido la mayor parte de su influencia sobre la Alemania de los príncipes, que ahora operaban con completa autonomía.

Todo ello estaba encaminado a instaurar un orden que garantizase la estabilidad en Europa, al margen de querellas religiosas, sostenido sobre la equidad legal de los Estados, sin importar su tamaño o poder. Ello implicaba una reforma en el Derecho Internacional que tuvo vigencia hasta que entraron en juego nuevas ideologías a principios del siglo XIX, como el liberalismo y posteriormente el nacionalismo, con principios nuevos y completamente revolucionarios, que harían mutar el mapa europeo.

La creación de la Real Academia Española

La Real Academia Española, RAE, es una institución cultural con sede en Madrid y veintiuna delegaciones en sendos países donde se habla español. Juntas conforman la llamadaAsociación de academias de la lengua española.

Se dedica a la planificación lingüística mediante la promulgación de normativas dirigidas a fomentar la unidad idiomática dentro y entre los diversos territorios; garantizar una norma común, en concordancia con sus estatutos fundacionales: «velar porque los cambios que experimente no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico».

Fue fundada en 1713 por iniciativa de los ilustrados Juan Manuel Fernández Pacheco y el marqués de Villena a imitación de la Academia Francesa. Al año siguiente el rey Felipe V aprobó su constitución y la colocó bajo su protección.

Las directrices lingüísticas que propone se recogen en diversas obras. Las prioritarias son el diccionario, abrev. DRAE (art. 2.º de sus estatutos), editado periódicamente veintidós veces desde 1780 hasta hoy; y la gramática (4.º), editada finalmente en diciembre 2009.

Desempeña sus funciones en la sede principal, inaugurada en 1894, en la calle Felipe IV, 4, en el barrio de Los Jerónimos, y en el Centro de Estudios de la Real Academia Española, en la calle Serrano 187-189, en 2007.

Denominación

Es a menudo denominada de forma imprecisa como «Real Academia de la Lengua», «Real Academia de la Lengua Española» o «Real Academia Española de la Lengua», pese a que la forma oficial y apropiada es «Real Academia Española», tal como consta en sus propios estatutos, quizá por la existencia de Reales Academias de otras materias, como la de Ciencias.

Historia

Miembros fundadores

Juan de Ferreras y García
Gabriel Álvarez de Toledo
Andrés González de Barcia
Juan Interián de Ayala
Bartolomé de Alcázar
José Casani
Antonio Dongo Barnuevo
Francisco Pizarro
José de Solís Gante y Sarmiento
Vincencio Squarzafigo Centurión

Fundación

La Real Academia Española fue fundada en 1713 por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona, con el propósito de «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza».

El objetivo era fijar el idioma en el estado de plenitud que había alcanzado durante el siglo XVI y que se había consolidado en el XVII. Se tomaron como modelo para su creación la Accademia della Crusca italiana (1582) y la Academia francesa (1635). Su creación, con 24 sillones, fue aprobada el 3 de octubre de 1714 por Real Cédula de Felipe V, quien la acogió bajo su «amparo y Real Protección». Esto significaba que los académicos gozaban de las preeminencias y exenciones concedidas a la servidumbre de la Casa Real.

Lema

Ilustración con el lema de la Academia (edición de 1822).

En la conciencia, según la visión de la época, de que la lengua española había llegado a un momento de perfección suma, fue propósito de la Real Academia «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza». Se representó tal finalidad con un emblema formado por un crisol puesto al fuego, con la leyenda Limpia, fija y da esplendor. Nació, por tanto, la institución como un centro de trabajo eficaz, según decían los fundadores, «al servicio del honor de la nación».

Esta vocación de utilidad colectiva se convirtió en la principal seña de identidad de la Academia Española, diferenciándola de otras academias que habían proliferado en los siglos de oro y que estaban concebidas como meras tertulias literarias de carácter ocasional.

Afianzamiento

Fachada del antiguo Palacio del Marqués de Villena, primer lugar de reunión de la Real Academia.

Desde muy pronto vio la Academia reconocida su autoridad en materia lingüística sobreviviendo a los más difíciles avatares históricos; ante todo, porque responde a una necesidad permanente, como es la de regular una lengua de tan amplia extensión como la española; también, porque ha servido a esta necesidad al margen de ideologías políticas; y, sin duda, porque ha ido adaptando su funcionamiento a los tiempos que le ha tocado vivir aunque sin renunciar nunca a lo valioso de la tradición.

En 1723 se le concedieron 60.000 reales anuales para sus publicaciones. Fernando VI le permitió publicar sus obras y las de sus miembros sin censura previa.

En 1784, María Isidra de Guzmán y de la Cerda, primera mujer doctora por la Universidad de Alcalá, fue admitida como académica honoraria y, aunque pronunció su discurso de agradecimiento, no volvió a comparecer más. Fue probablemente la primera mujer académica del mundo, y no volvió a haber otra fémina hasta la elección como académica de número de Carmen Conde en 1978.

En 1848 la Academia reformó su organización por medio de unos nuevos estatutos, aprobados por Real Decreto. Sucesivos reales decretos (1859, 1977, 1993) aprobaron nuevas reformas.

Las Academias nacionales

Tras la independencia de los países americanos, la Real Academia Española promovió el nacimiento de academias correspondientes en cada una de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas. Esta decisión no estuvo motivada por un interés político, sino por la consideración de que los ciudadanos de todas esas naciones tienen por patria común una misma lengua y comparten el patrimonio de una misma literatura. Desde 1870 se establecieron en América diecinueve academias hispanoamericanas correspondientes de la lengua española. A ellas se añadieron la Academia Filipina de la Lengua Española y la Academia Norteamericana de la Lengua Española, que tienen actualmente igual rango y condiciones que la RAE. Estas veintiuna academias constituyen con la Real Academia Española la Asociación de Academias de la Lengua Española, fundada en 1951 en el marco del I Congreso de Academias celebrado en México.

La Asociación es el órgano de colaboración de todas ellas en la promoción de una política lingüística panhispánica. Esta política, plasmada en numerosos proyectos de trabajo conjunto, fue galardonada en el año 2000 con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, concedido a la Real Academia Española, junto con la Asociación de Academias de la Lengua Española.

Una nueva visión

El 20 de octubre de 1993 se constituyó la Fundación Pro Real Academia Española, entidad que tiene como finalidad atraer recursos económicos para la financiación de las actividades e iniciativas de la Academia. Está regida por un patronato, cuya presidencia de honor corresponde al rey de España, Juan Carlos I, la presidencia al gobernador del Banco de España y la vicepresidencia al director de la Real Academia Española. Las vocalías corresponden a otros académicos, presidentes de las comunidades autónomas y de empresas privadas, como socios fundadores.

En los nuevos estatutos aprobados en 1993, se consideró necesario supeditar el antiguo lema fundacional -Limpia, fija y da esplendor- al objetivo superior de trabajar al servicio de la unidad del idioma. El artículo primero establece, en tal sentido, que la Academia “tiene como misión principal velar porque los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico”.

De esta forma quedaba sancionado un compromiso que la Academia había asumido ya desde el siglo XIX.

La Fundación está abierta a la participación de particulares mediante la correspondiente cuota económica, miembros benefactores, y entre las actividades subvencionadas se encuentran la realización del banco de datos, el Diccionario del estudiante, el Diccionario panhispánico de dudas y otras obras en proyecto o desarrollo como la Gramática normativa.

Funciones

Facsímil de una página de la primera edición de los estatutos de la RAE (1715).

El artículo primero de los estatutos de la RAE dice:

«[...] tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico. Debe cuidar igualmente de que esta evolución conserve el genio propio de la lengua, tal como ha ido consolidándose con el correr de los siglos, así como de establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección, y de contribuir a su esplendor. Para alcanzar dichos fines, estudiará e impulsará los estudios sobre la historia y sobre el presente del español, divulgará los escritos literarios, especialmente clásicos, y no literarios, que juzgue importantes para el conocimiento de tales cuestiones, y procurará mantener vivo el recuerdo de quienes, enEspaña o en América, han cultivado con gloria nuestra lengua. Como miembro de la Asociación de Academias de la Lengua Española, mantendrá especial relación con las Academias Correspondientes y Asociadas.»

Organización y funcionamiento

Según sus estatutos, la RAE está compuesta por:

  • Académicos de número (46 en total).
  • Académicos correspondientes españoles (hasta un máximo de 60).
  • Académicos correspondientes extranjeros.
  • Académicos de número de las academias americanas (que por derecho son académicos correspondientes).
  • Académicos honorarios.

Una junta de gobierno rige la Academia y supervisa todos los asuntos relativos a su buena operación, tanto en lo relacionado con su funcionamiento interno como con sus relaciones con los organismos del estado, y las demás Academias. Esta junta la preside el director de la Academia y está constituida por el vicedirector, el secretario, el censor, el bibliotecario, el tesorero, el vicesecretario y dos vocales adjuntos. Todos estos cargos son electivos y, a excepción de los vocales, que se eligen cada dos años, pueden ejercerse durante cuatro años, sólo se pueden presentar una vez.

La Academia funciona en Pleno y en Comisiones que se reúnen semanalmente. Las Comisiones tienen la misión de elaborar las propuestas que posteriormente examinará el Pleno para decidir sobre su aprobación. En la actualidad existen las siguientes comisiones: Delegada del Pleno, de Diccionario usual, de Diccionario histórico, de Gramática, de Información lingüística, de Vocabulario científico y técnico, de Ciencias humanas, de Publicaciones y de Premios. Además, existe una Comisión encargada de la conservación de la casa del Museo de Lope de Vega.

El Pleno, formado por todos los académicos, se reúne durante el curso académico los jueves por la tarde. Una vez aprobada las actas de la sesión anterior y de debatir cualquier tema general, los asistentes presentan enmiendas y adiciones al Diccionario. Acto seguido se examinan las propuestas formuladas por las diversas Comisiones. Las resoluciones, en el caso de que se produzca disparidad de criterio, se adoptan mediante votación.

Al servicio de los trabajos que la Academia desarrolla en Pleno o en Comisiones, funciona el Instituto de Lexicografía, integrado por filólogos y lexicógrafos que realizan las tareas de apoyo para la elaboración de los diccionarios académicos.

Felipe II

Felipe II fue hijo del emperador más poderoso de su tiempo y de la reina más hermosa que ha tenido España: Isabel de Portugal.

 

 

 

 

 

 

 

Nació en Valladolid en 1527, tan delgado y frágil, con la piel tan blanca, los ojos de un azul tan claro y el pelo tan rubio que parecía albino, hijo de la Luna. Ninguno de los razonables temores sobre su salud se cumplieron y se convirtió en un joven de estatura mediana tirando a baja, talle esbelto, andar erguido, hablar pausado, sonrisa blanca, elegante y sencillo en su atuendo, cuidado mucho su higiene, con un talante amable, gentil, y un punto de lejanía melancólica. En su cara dominaron de joven los ojos y de viejo, la mirada. Los labios sensuales fueron acuchillándose con el tiempo. No habló cinco idiomas, como su padre: sólo español y portugués con el latín para entenderse. Su educación fue sólo parcialmente buena: en vez de Luis Vives tuvo al cardenal Silicco, en realidad apellidado Guijarro, pero el príncipe, con su amor a los libros, a las artes y a las ciencias, fue forjándose una admirable formación intelectual.
Creó la biblioteca privada más importante del mundo, con voluntad expresa de hacerla accesible a todos. Desde niño amó la música, la caza, la pesca y el coleccionismo. Solitario casi de profesión, quiso ser querido, dentro de lo posible. Su espejo único, fuente de emulación y de inseguridad, fue su padre. El acusadísimo sentido de la responsabilidad que lo dominó durante toda su vida nació de la obediencia al emperador y del escondido afán de superarlo.

Carlos V no pudo legarle el Imperio Alemán como hubiesen querido ambos, pero sí el proyecto en marcha de un imperio atlántico formidable, con España como pieza esencial, instalada en ambas orillas, asomada al Pacífico y guardando las espaldas mediterráneas.

El principal problema heredado fue la división religiosa de Europa, que no pudo remediar Carlos y que se convirtió en el problema esencial de Felipe y de toda Europa. Convertido por destino y convicción en defensor del catolicismo y de Roma frente al protestantismo, fue, curiosamente, el único rey de su tiempo que vestía como un burgués de los que seguían a Calvino. Iba a misa andando; se paraba en la calle a hablar con niños, mendigos o ancianos, y bebía con ellos el agua que le ofrecían.

Identificado absolutamente con su papel de rey y escudo de la fe, trató no obstante de construirse una vida privada, como un rico hombre anónimo. En parte lo consiguió y eso lo volvió muy vulnerable a la Leyenda Negra protestante, que lo presenta como un monstruo sanguinario, porque no es fácil trazar el perfil completo, en lo particular y en lo general, de un rey humano, demasiado humano.

Su condición silenciosa, su reserva, vienen de la madre. Cuando Isabel de Portugal lo traía al mundo mandó bajar la luz de las bujías, se tapó el rostro con un pañuelo y contestó a Leonor de Mascarenhas, que le animaba a gritar para relajarse: «Näo me faleis tal, minha comadre, que eu morrerei, mas näo gritarei». El estilo de Felipe II es, pues, reservado de nacimiento. Huérfano a los 12 años, se acostumbró a controlar sus emociones y extremar su cortesía mientras se preparaba a colaborar con su padre el emperador, que pronto dispuso de un príncipe tan inteligente como discreto. A los 17 años era ya regente efectivo y estaba casado con la jovencísima y gorda María Manuela de Portugal, que murió en el parto del primogénito, Carlos, una maldición de nacimiento.

Una vez embarazada María Manuela, Felipe tuvo su época de juerguista y mujeriego, hasta el punto de alarmar a su padre que le llamó la atención. Las damas que trataba eran las de sus hermanas y acabó enamorándose de verdad de Isabel Osorio, con la que pasó días muy felices en la ciudad de Toro. Fue un gran amor, evidentemente imposible.

Viudo a los 18 años, se paseó por Europa a los 21 y cautivó a todas las cortes: apuesto, culto, distinguido, sensible… En 1554 viajó a Inglaterra para casar con María Tudor, enamorada de él por el soberbio retrato de Moro. Felipe no correspondía a esa pasión, aunque fue muy considerado con su poco agraciada esposa. Los roces de su séquito con la corte inglesa no afectaron nunca al comportamiento del príncipe español que, al parecer, enamoró también a Isabel, la hija de Ana Bolena y futura reina y rival. Los supuestos embarazos de María, bastante mayor y bastante enferma, fueron sólo fruto de la hidropesía y de la histeria.

En 1556, Felipe recibió de su padre la corona de España, clave de sus inmensos dominios. El emperador murió en Yuste en 1558, el mismo año en que Felipe quedaba viudo por segunda vez. Para entonces, ya había conseguido su mayor victoria militar en tierra. San Quintín, aplastando a los franceses. Fruto de un sueño y de esa victoria fue su gran obra personal, cultural, religiosa y política: el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Una joya para albergar muchas joyas, un símbolo religioso en el que tuvieron parte la astrología y la magia, un lugar de paz y apartamiento que para Felipe significó algo parecido a una casa propia.

El gran proyecto atlántico suponía el cerco de Francia ya trazado por Fernando el Católico y la paz con Inglaterra. Por eso, al quedar viudo trató de casarse con Isabel. Sin embargo, la nobleza de Inglaterra no aceptaba un futuro de supeditación a España y la consolidación de Isabel supuso la cancelación de esa boda y su creciente inclinación al protestantismo, que Felipe trató de impedir, así como la excomunión de Isabel por Roma. Inglaterra, la aliada deseable, no le correspondió. Y Felipe e Isabel, que pudieron ser amantes y luego esposos, se hicieron enemigos íntimos, radicales.

Pacificó sus relaciones con Francia por el tratado de Cateau-Cambresis y en 1560 casó con la joven y atractiva Isabel de Valois, destinada en principio a su hijo Carlos. Por entonces, el príncipe era ya un desequilibrado que gustaba de matar animales por verles sufrir; glotón, borrachín y putañero desde la adolescencia y encaprichado de una novia convertida en madrastra.

El matrimonio con Isabel dio paso a la mejor época de su vida, afincado ya en España, con El Escorial en marcha, con dos hijas, Isabel y Catalina, a las que adoraba y una esposa que lo hacía casi feliz. Sólo la creciente locura del príncipe Carlos, al que apenas calmaba la joven reina, le obsesionaba. Por la terrible tradición de locura en la familia temía lo peor y sus temores se cumplieron.

Carlos mataba caballos por verlos desangrarse, le hizo comer a un zapatero unas botas que no le gustaron, se rompió la cabeza persiguiendo a una criada y alternaba grandes comilonas con ayunos delirantes. Finalmente, en 1567 emepó a conspirar con los flamencos rebeldes contra su padre. Después de unos meses de torturada espera, el rey, tras un retiro espiritural, vistió su coraza y al frente de un grupo de guardias prendió al príncipe y lo encerró en el castillo de Arévalo, donde murió unos meses después, anoréxico y loco. Isabel, siempre muy delicada de salud, murió poco después. Aquel maléfico año 68 el rey anunció que, en adelante, vestiría sólo de negro.

Y negra como su Leyenda, se tornó la gobernación de sus reinos, mientras el rey se aburría con su cuarta esposa, Ana de Austria. Lo peor fue la rebelión de los Países Bajos, con hombres que habían sido sus paladines, como Egmont y Montigny, luego Guillermo de Orange, convertidos en enemigos a los que liquidó implacablemente. Ni la represión del duque de Alba, ni la maquinaria atroz del Santo Oficio, ni siquiera la formidable victoria de su hermano bastardo Juan de Austria en Lepanto contra los turcos lo aplacaron. Al contrario, don Juan se convirtió en una obsesión, como figura internacional con aspiraciones regias que Felipe ni podía ni quería contentar.

Su éxito político en los Países Bajos propició un episodio siniestro: el asesinato del secretario Escobedo por orden del secretario del rey, Antonio Pérez. Felipe lo permitió o al menos no lo persiguió, aunque desconocemos por qué preocupaba el rey el chantaje entre dos compinches corruptos: Escobedo y Pérez.

Luego fue Antonio Pérez, muy querido por Felipe II, el que con la intrigante y fascinadora princesa de Eboli, acabó en la cárcel. Pero se fugó a Zaragoza y convirtió un viejo litigio nobiliario y fuerista en verdadera rebelión. No merecía tanto el traidor Pérez, que escapó, ni tan poco el joven Justicia Juan de Lanuza, decapitado injusta e innecesariamente. Más grave, por la conexión exterior, fue la rebelión de los moriscos de las alpujarras; y más caro y humillante el naufragio de la Armada Invencible. Pero desde 1580, como rey de Protugal, Felipe II culminó la unión peninsular y de los dos imperios americanos. En fin, aunque gracias a él son hoy católicas Francia o las Filipinas, aquellas islas lejanas por las que pudo decirse que «en sus dominios no se ponía el sol», su figura yace, desde 1598, en una fría y reservada sombra.

Carlos V

Cuenta el místico español San Juan de la Cruz, en una carta conservada en el Archivo de Simancas, que Juana la Loca, hija de Isabel la Católica y madre del futuro Carlos V, decía cosas tales como que “un gato de algalia había comido a su madre e iba a comerla a ella”, extrañas fantasías de una mujer misteriosa. Sobre la regia locura de Juana se han esgrimido las más caprichosas hipótesis, desde la que afirma que no padecía enajenación ninguna, sino un intolerable protestantismo cruelmente castigado con el apartamiento, hasta la versión más común que pretende, según la tesis de Marcelino Menéndez y Pelayo, que “la locura de Doña Juana fue locura de amor, fueron celos de su marido, bien fundados y anteriores al luteranismo”. Tampoco los historiadores han dejado de tachar a su hijo Carlos I de España y V de Alemania, a quien las circunstancias convirtieron en el más acendrado valedor del catolicismo de su época, de haber incurrido en la heterodoxia, y ello amparándose en el proceso que el papa Paulo VI mandó formar al emperador como cismático y factor de herejes.


Carlos V (retrato de Jan Cornelisz Vermeyen, c. 1530)

Pero aquello fue un episodio motivado por aviesos intereses políticos, cuyas razones se compadecen mal con la rectitud de los sentimientos religiosos del emperador, quien en su retiro en Yuste confesaba a los frailes: “Mucho erré en no matar a Lutero, y si bien lo dejé por no quebrantar el salvoconducto y palabra que le tenía dada, pensando de remediar por otra vía aquella herejía, erré, porque yo no era obligado a guardarle la palabra, por ser la culpa de hereje contra otro mayor Señor, que era Dios, y así yo no le había ni debía guardar palabra, sino vengar la injuria hecha a Dios.” Marcelino Menéndez y Pelayo apostilla que “al hombre que así pensaba podrán calificarle de fanático, pero nunca de hereje”.

El 24 de febrero de 1500, fecha en que los estados flamencos celebraban su día en Prinsenhof, cerca de Gante, el archiduque Felipe el Hermoso y la archiduquesa Juana, más tarde llamada la Loca, rendían pleitesía al nuevo rey de Francia, Luis XII, a pesar del enfado del emperador Maximiliano y de los Reyes Católicos. En medio de la ceremonia, Juana corrió al evacuador (un excusado especial) y se encerró en él sin que Felipe se inmutara. Al cabo de una espera excesiva las damas de honor, alarmadas, hicieron derribar la puerta, y Juana mostró la razón de su encierro. Sola y sin ayuda había dado a luz a su segundo hijo. Lo bautizaron con el nombre de Carlos en honor a Carlos el Temerario, bisabuelo del niño.


La familia del emperador Maximiliano; en el centro,
su nieto Carlos V (retrato de Bernhard Strigel)

Como hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, llegó a manos de Carlos V una vasta y heterogénea herencia, en la que mucho tuvieron que ver la combinación de matrimonios dinásticos y una serie de muertes prematuras de los herederos directos de distintos tronos. Por parte de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano de Habsburgo, recibió los estados hereditarios de la casa de Austria, en el sudeste de Alemania; por parte de su abuela paterna, María, obtuvo el ducado borgoñón, que sin embargo estaba en poder de Francia, y además los Países Bajos, el Franco-Condado, Artois y los condados de Nevers y Rethel. De su abuelo materno, Fernando el Católico, recibió el reino de Aragón, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y sus posesiones de ultramar; y de su abuela materna, Isabel la Católica, Castilla y las conquistas castellanas en el norte de África y en Indias.

Una herencia fabulosa y conflictiva

El verdadero problema residiría en la falta de cohesión de todos estos dominios, por lo que Carlos se propuso durante todo su reinado superar el concepto feudal del imperio y darle una nueva dinámica a través de un ideal común que justificase la reunión de territorios tan dispares bajo una sola corona. La figura del imperio surgió ante él como la entidad política idónea para aglutinar los distintos dominios y fundarlos sobre una universalidad religiosa. El ideal común era el cristianismo y, conforme al mismo, Carlos se erigió en el «guardián de la cristiandad», en momentos en que la unidad de convicciones que habían mantenido cerrado el mundo medieval estaban a punto de romperse. Según Menéndez Pidal, Carlos V asumió el papel de coordinador y guía de los príncipes cristianos contra los infieles «para lograr la universalidad de la cultura europea», de modo que la idea de cristianismo pasó a ser una realidad política. Sin embargo, ésta no fue tarea fácil en un siglo como el XVI, en el que los sentimientos nacionales se oponían al universalismo y los príncipes cristianos buscaban consolidar, cuando no ensanchar, su espacio vital en el viejo continente.

Carlos se formó intelectualmente con Adriano de Utrecht, que sería promovido al pontificado con el nombre de Adriano VI, y con Guillaume de Croy, señor de Chièvres, personaje sobre el que recaen las acusaciones de avaricia y fanfarronería. Pasó su infancia en los Países Bajos, y en sus estudios siempre mostró gran afición por las lenguas, las matemáticas, la geografía y, sobre todo, la historia. Paralelamente, sus educadores no olvidaron que un hombre llamado a tan altos designios debía poseer un organismo robusto, de modo que estimularon los ejercicios físicos del joven Carlos, quien sobresalía en la equitación y en la caza, al tiempo que se mostraba singularmente diestro en el manejo de la ballesta. La firmeza de su carácter, rasgo del que dio sobradas muestras en el curso de su vida, parece ponerse en entredicho en sus primeros años, pues, llamado a gobernar Flandes en 1513, fue en realidad su ayo, el señor de Chièvres, quien llevó las riendas del Estado. Pero este hecho se comprende fácilmente cuando se cae en la cuenta de que Carlos tenía por entonces sólo trece años.


Juana la Loca con sus hijos Fernando y Carlos

En 1516, con la muerte de su abuelo Fernando el Católico, se convirtió en Carlos I de España, pese a la oposición de los partidarios de su hermano, el príncipe Fernando, educado en España. Si bien Castilla dio su consentimiento al nombramiento de Carlos como rey de España, Aragón puso como condición que el nuevo rey jurara su Constitución en Zaragoza, lo que significaba que el monarca debía trasladarse de Flandes a España. Su viaje se retrasó de forma injustificada durante varios meses, y en este interregno había ejercido la más alta magistratura en España el cardenal Jiménez de Cisneros. Este último emprendió viaje, para recibirle, a las playas de Asturias, pero cayó enfermo y hubo de refugiarse en el monasterio de San Francisco de Aguilera, donde recibió la noticia de la llegada del rey con un séquito extranjero. El 18 de septiembre de 1517, después de una dificultosa travesía, Carlos V desembarcaba en el puerto asturiano de Villaviciosa. Lo acompañaban su hermana Leonor, el señor de Chièvres, el canciller de Borgoña y numerosos nobles flamencos. Unos días antes, el 31 de octubre, un monje alemán llamado Lutero había pronunciado las noventa propuestas contra el comercio de las indulgencias, que darían pie al movimiento de Reforma contra la Iglesia católica romana.

Cisneros mandó con urgencia una recomendación al monarca rogándole que despidiese a su séquito, temeroso, y con razón, de que ello no haría sino irritar a los cortesanos españoles. Desatendiendo tan prudentes consejos, Carlos mantuvo a su lado a sus amigos y se dirigió a Tordesillas, donde estaba recluida su madre. Obtuvo de ella que abdicara en su favor, formalidad sin la cual le hubiese sido imposible gobernar. Antes de llegar a Valladolid, Carlos recibió la noticia de la muerte de Cisneros. El cardenal había muerto sin lograr entrevistarse con el mozo flamenco y atribulado por un inminente porvenir que él, mejor que nadie, preveía conflictivo.

Rey de España

De todos los países que heredó, España fue el más difícil de consolidar bajo su dominio. Carlos se propuso reinar con el exclusivo apoyo de sus compatriotas, repartiendo entre ellos prebendas y altos cargos, lo cual indignó sobremanera a la nobleza local. El partido formado alrededor de su hermano Fernando, su condición de extranjero y el desconocimiento de la lengua castellana pesaron en su contra. Los tropiezos comenzaron inmediatamente después de que la ciudad de Valladolid recibiese con grandes agasajos, fiestas, justas y torneos al monarca extranjero. En febrero de 1518, durante la primera reunión de las cortes castellanas, se exigió al rey el respeto de las leyes de Castilla y que aprendiera el castellano. Carlos no dudó en aceptar estas exigencias, pero a cambio pidió y obtuvo un sustancioso crédito de 600.000 ducados. Las cortes de Aragón se demoraron hasta enero del año siguiente para reconocerlo como rey, y lo hicieron junto a su madre. También le concedieron un crédito de 200.000 ducados.

En las cortes de Cataluña las negociaciones fueron más arduas. El rey se encontraba aún en Barcelona cuando recibió la noticia de que el 28 de junio había sido elegido emperador con el nombre de Carlos V. El título imperial le era imprescindible para llevar a cabo el gobierno de las numerosas posesiones bajo el signo de la unidad. La corona de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano, no era hereditaria sino electiva, y la Dieta reunida en Francfort, tras la renuncia de Federico el Prudente, hizo recaer la designación en su persona. Para conseguirla, Carlos había invertido un millón de florines, la mitad del cual fue financiado por los banqueros Fugger, quienes vieron en él la clave del desarrollo económico de Europa.


Un joven Carlos V (retrato de Bernard van Orley)

Carlos regresó a Castilla a fin de preparar la coronación imperial y solicitar un nuevo crédito. La existencia de una fuerte oposición a concedérselo, que encabezaba Toledo, lo llevó a convocar las cortes en Santiago y a continuarlas en La Coruña. La multiplicación de oportunidades facilitada por los consiguientes aplazamientos de las sesiones y el curso itinerante de las mismas allanó las reticencias al crear el clima adecuado que permitió que los representantes de las ciudades fueran presionados y sobornados para la causa del rey. Después de violentas discusiones, los procuradores traicionaron el mandato de sus ciudades y otorgaron el nuevo empréstito. Tras esta votación, la mayoría no regresó a sus ciudades, y quienes lo hicieron fueron ejecutados. Carlos salió de España dejando tras de sí al reino castellano sumido en la «guerra de las Comunidades». Nunca recogió el dinero del préstamo.

El desprecio que los asesores flamencos del rey mostraban por los españoles, el favoritismo en el nombramiento de extranjeros para desempeñar cargos públicos de importancia, las grandes cantidades de dinero sacadas del reino y la designación de Adriano de Utrecht como regente durante la ausencia del rey fueron algunas de las causas de la revuelta de los comuneros. Ésta fue en un principio una verdadera rebelión contra la aristocracia terrateniente y el despotismo real. Fue ante todo una defensa de la dignidad y los intereses castellanos nacida en el municipio como un movimiento burgués.

Sin embargo, antes de la derrota de los últimos rebeldes en Villalar, el 23 de abril de 1521, el levantamiento había degenerado en una revuelta incoherente, identificada más con las tradiciones feudales que con las reivindicaciones económicas y políticas de la burguesía. También el reino de Valencia se sublevó por entonces. El movimiento fue animado por las germanías (asociaciones de artesanos) de Valencia y Mallorca, que lanzaron contra la aristocracia a las milicias reclutadas para hacer frente a los piratas del Mediterráneo. Carlos no pudo menos que respaldar a la aristocracia en su acción represiva. Las germanías fueron derrotadas en 1523 y sus seguidores duramente castigados.

Emperador del Sacro Imperio

Mientras tanto, antes de que el rey se dirigiera a Alemania con objeto de ser coronado, visitó a sus tíos Enrique VIII y Catalina de Aragón para conseguir el apoyo de Inglaterra frente a Francisco I de Francia. En esos momentos, la flota española comandada por Hugo de Moncada aplastaba a los turcos, que eran así expulsados del Mediterráneo. Esta acción fue de vital importancia para los planes del monarca, ya que aseguraba las vías comerciales de los Fugger y saldaba la deuda contraída con los banqueros para sobornar a los electores que lo nombraron emperador. El 23 de octubre de 1520, Carlos V fue coronado emperador en la ciudad de Aquisgrán. En una ceremonia de gran pompa, le fue colocada la casulla de Carlomagno y recibió su legendaria espada Joyeuse, la corona, el cetro y el globo. A sus veinte años era el jefe de la cristiandad.


El emperador Carlos V (detalle de un
retrato de Jakob Seisenegger)

Entretanto, el reciente invento de la imprenta servía tanto para difundir las antiguas como las nuevas ideas, y la doctrina protestante había alcanzado una gran popularidad en Alemania. Las tesis luteranas se habían transformado no sólo en una crítica religiosa, sino en el germen de un movimiento político con fines de emancipación territorial y de secularización de los bienes eclesiásticos. Carlos, educado entre humanistas, coincidía con los luteranos en criticar las estructuras de la Iglesia. Consideraba que era ésta, y no la fe, la que debía ser objeto de una profunda reforma; había que acabar con la corrupción de los obispos, las ansias de riqueza, la intromisión en los asuntos públicos y el escandaloso comercio de las indulgencias. El mismo papa había llegado a autorizar a las mujeres la firma de contratos de indulgencias que luego debían pagar sus maridos.

Carlos V consideró oportuno situarse por encima de estas disputas, y durante años trató de conciliar las posiciones más radicales. Seguía en ello las enseñanzas de Erasmo de Rotterdam, que postulaba la sencillez del cristianismo primitivo, el rechazo de los formalismos y boato rituales y de las supersticiones, y una piedad religiosa «en espíritu». Pero en 1521, tras la dieta de Worms, el emperador comprobó que el acercamiento de las posiciones de Martín Lutero y la Iglesia de Roma era imposible, y las diferencias, irreductibles. Sus acciones se encaminaron entonces a dirimir cuanto antes estas disputas, a resolver los asuntos internos de sus reinos, a acabar con el bandolerismo y a fortalecer su gobierno para unir a la cristiandad y dirigirla contra el Islam. Éste fue el momento que Francisco I de Francia, decidido a terminar con el predominio de los Habsburgo, aprovechó para iniciar una guerra que consideraba inevitable.

La acción de Francisco I, aliado con el papa Clemente VII, obligó a Carlos V a responder enérgicamente. Su ejército derrotó a las tropas francesas e hizo prisionero al rey francés en Pavía, el 10 de marzo de 1525. Dos años más tarde, Carlos atacó al papa y su ejército entró en Roma. Las tropas españolas y alemanas saquearon la ciudad durante una semana. Poco después, la deserción de Andrea Doria de Francia dotó a Carlos de una potente flota y forzó al papa a recibirlo en Roma. La Paz de Cambrai, firmada el 3 de agosto de 1529, obligó a Francisco I a reconocer la soberanía del emperador sobre Milán, Génova y Nápoles.


Carlos V (detalle de un retrato de Rubens)

Resueltos momentáneamente los enfrentamientos militares, Carlos V creyó que era la ocasión de solucionar pacíficamente las diferencias doctrinales. A tal fin convocó la dieta de Augsburgo, aun con la oposición papal, en 1530. El intento fue vano, ya que ni luteranos ni católicos romanos quisieron ceder en sus posiciones. La influencia conciliadora de Erasmo había perdido fuerza. Se inició entonces una larga guerra civil que enfrentó al ejército imperial con los príncipes luteranos, aliados de Francisco I, quien a su vez había pactado con los turcos. La paz no se firmaría hasta 1555 en Augsburgo. Conforme a la misma, Carlos V reconoció a los protestantes la libertad de culto y la propiedad de los bienes expropiados a la Iglesia antes de 1552.

La organización del imperio

Carlos V regresó a España en 1522, una vez sofocada la rebelión comunera, y permaneció en el país durante los siete años siguientes. Durante esa etapa realizó un gran esfuerzo para comprender el carácter español y acercarse a las preocupaciones de sus súbditos. Aprendió a hablar el castellano e hizo de él el idioma de la corte. Los pasos políticos que dio en este periodo tendían a congraciarse con los españoles, a pesar de que ya no existía un peligro real para la corona. Su boda en 1526 con su prima Isabel, hija del rey de Portugal Manuel I, fue bien recibida. Igualmente lo fue, al año siguiente, el nacimiento del primogénito, el futuro Felipe II. Los españoles empezaron a reconocer en Carlos a un rey con autoridad moral, que aceptaba paulatinamente y de buen grado la españolización de su administración imperial.


Isabel de Portugal

Carlos gobernó sus dominios como el más alto exponente de una organización dinástica, y en cada estado designó un regente o un virrey, a veces miembro de la familia de los Habsburgo o elegido de la nobleza española. En cada país de la monarquía, como llamaban sus contemporáneos al imperio de Carlos V, había un virrey, como en Aragón, Cataluña, Valencia, Sicilia, Cerdeña, Nápoles y Navarra. En los Países Bajos tenia un gobernador general, que fue su tía Margarita de Austria (hasta su muerte en 1530) y posteriormente, hasta 1558, su hermana María de Hungría. Los dominios alemanes habían quedado en manos de su hermano Fernando. Su pensamiento se asentaba en la idea de que la unión familiar constituía el mejor soporte para su vasto imperio. También las Indias, Perú y Nueva España estaban gobernados por virreyes.

Tanto en España como en sus otros reinos, el gobierno de Carlos V constituyó una monarquía personal ejercida a través de instituciones centralizadas, pero no unificadas. De este modo el monarca, antes que rey de España, lo era de Castilla, Aragón, etc., y su poder estaba condicionado por las leyes locales. Carlos se valió del Consejo Real, heredado de sus abuelos, los Reyes Católicos, y lo reorganizó en consejos especiales, según las distintas tareas administrativas. Había dos tipos de consejos, el de Estado y los que integraban el cuerpo administrativo propiamente dicho. La modernización de los órganos de gobierno requirió, conforme a los criterios del emperador, la progresiva exclusión de los consejos de los miembros de la nobleza y del clero, incluyendo en su lugar a consejeros procedentes de la clase media y juristas. Como dato revelador, en las cortes de Toledo de 1538 fueron expulsados nobles y eclesiásticos con el pretexto de su oposición a la sisa, impuesto directo sobre el consumo de carne, harina y otros alimentos.

En la práctica, Carlos V tenía contacto con los consejos a través de sus secretarios, motivo por el cual la figura de éstos cobró gran importancia durante su reinado. Como los otros órganos de gobierno, las secretarías se asentaban sobre criterios nacionales y no imperiales. Entre la masa de secretarios de Carlos, destacaron Francisco de los Cobos y Nicholas de Perrenot, señor de Granvelle. Carlos tuvo siempre plena conciencia del poder y las banderías de los secretarios. Así, cuando en 1543 dejó a su hijo Felipe como regente de España, le remitió las famosas Instrucciones Secretas de Carlos V a Felipe II, verdadero compendio de consejos para gobernar un imperio, en las que le indicaba cómo valerse de las rivalidades de los consejeros y de sus ambiciones personales. Asimismo, en ellas recomendaba a su hijo que no otorgara cargo importante alguno a ningún grande de España; sólo debía utilizarlos para asuntos militares.

Gran parte del esfuerzo desarrollado por el complejo cuerpo burocrático de Carlos V estaba destinado a resolver los problemas financieros derivados de las guerras en los distintos frentes. Castilla llevó el mayor peso de los gastos del imperio, aunque los dominios que más le importaban no eran los europeos sino los de América. De allí procedían los cargamentos de oro y plata, al tiempo que se ensanchaba una vía de comercio de importancia vital para el desarrollo del reino. Las finanzas marcaron desde el principio el imperio de Carlos V. Fueron los Fugger, los banqueros alemanes, quienes propiciaron la elección de Carlos y quienes en varias ocasiones procuraron empréstitos para financiar las continuas guerras imperiales. Pero no fue hasta 1540 cuando empezaron las verdaderas dificultades financieras de la corona. La situación llegó a extremos tan graves que los ingresos ordinarios por impuestos estaban gastados de antemano cuando se cobraban, y hasta los ingresos de Indias estaban comprometidos. Las campañas de Argel y las guerras contra Francia y contra los príncipes luteranos esquilmaron las arcas reales. En 1541, fracasada por segunda vez la cruzada africana contra el turco, la crisis económica se agudizó.

Un sueño derrotado

El principal objetivo de la política francesa fue resistir al poder de los Habsburgo, aliándose tanto con los alemanes como con los turcos. Carlos V tuvo en el Imperio otomano un enemigo poderoso por tierra y mar. Si bien en 1529 Carlos contribuyó a detener a las huestes de Solimán, el emperador turco, en las mismas puertas de Viena, el ejército cristiano debió ceder en Argel. El poderío marítimo de los turcos se hizo sentir en el Mediterráneo: la toma de Bizerta y Túnez en 1534 requirió del emperador un esfuerzo personal para su conquista, que se produjo al año siguiente.


Carlos V anuncia al papa la conquista de Túnez

La expedición contra Túnez, que reunió cuatrocientas veinte embarcaciones y cerca de treinta mil soldados, salió del puerto de Barcelona el 30 de mayo de 1535, y el terrible choque con las también abultadas fuerzas de su adversario se produjo el mes de junio. En los combates dio prueba Carlos de gran ardor y temeridad, acudiendo siempre a los enclaves de mayor peligro y lidiando, lanza en ristre, contra los jinetes enemigos. Por fin, tras el asalto general a la fortaleza de la Goleta (14 de junio de 1535), se internó hasta la ciudad de Túnez, donde puso en fuga al pirata Barbarroja, brazo de Solimán. Antes de entrar en la ciudadela algunos comisionados se llegaron hasta el emperador para entregarle las llaves y pedir su protección, pero Carlos no pudo sujetar la violencia de sus encrespadas tropas, los cuales se entregaron a toda suerte de atropellos y desafueros. No obstante, Barbarroja continuaría asolando desde Argel las costas baleares y levantinas. En 1538 Andrea Doria, al mando de la flota cristiana (mucho más potente que la turca), resultó derrotado en la costa de Epiro. Fue el principio del descalabro cristiano que culminó en 1554 con la pérdida de Bugía, en la costa argelina.

Derrotado en este frente, Carlos V también se vio forzado, al año siguiente, a firmar la Paz de Augsburgo con los príncipes luteranos y a ceder en gran parte de sus pretensiones. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el emperador había dirigido su testamento político a su hijo Felipe ya en enero de 1548, y dos años más tarde comenzó a escribir sus memorias. A lo largo de su vida, el emperador había dado sobradas muestras de heroísmo en múltiples batallas, como por ejemplo cuando sus tropas desembarcaron en Argel el 13 de octubre de 1541 y al día siguiente una espantosa tempestad dispersó los barcos de su escuadra, destruyó las tiendas de campaña y causó la muerte de numerosos soldados. En aquella ocasión, Carlos vendió sus magníficos caballos para socorrer en algo a sus hombres, y en la retirada combatió a pie. Como sus soldados temían que los abandonase, el emperador embarcó en la última galera de forma que todos pudieran verlo. Pero en 1555 su ánimo estaba definitivamente abatido y padecía terribles dolores a causa de la gota. Sostener su colosal imperio había agotado sus fuerzas.


La abdicación de Carlos V

El 25 de octubre de 1555, en un emotivo discurso ante la asamblea de los Estados Generales reunida en Bruselas, Carlos abdicó en favor de Felipe, que reinaría como Felipe II, la soberanía de los Países Bajos. Tres meses más tarde le cedió las coronas de Castilla y León, Aragón y Cataluña, Navarra y las Indias. Lo mismo hizo con el reino de Nápoles, el de Cerdeña, la corona de Sicilia y el ducado de Milán. En el mes de septiembre de 1556 cedió el imperio a su hermano Fernando I y, dejando a Felipe en Bruselas, se embarcó hacia España. Había comprendido que el título imperial carecía de valor sin el sustento de las armas y por ello no había dudado en repartir sus dominios entre las que consideró las cabezas más importantes de su dinastía: su hermano Fernando y su hijo Felipe.

Obsesionado por la muerte, el temor a Dios y la angustia religiosa, vivió los dos últimos años de su vida en el retiro monástico. El lugar de reposo elegido fue el austero monasterio de Yuste, en la provincia española de Cáceres, situado en un abierto valle y rodeado de hermosos robledales y grandes castaños. Ingresó allí el 3 de febrero de 1557, pero siguió manteniendo una intensa comunicación con Felipe II, que a menudo requería sus consejos, y no dejó nunca de interesarse por los asuntos públicos.


Carlos V en Yuste (1837), de E. Delacroix

Llevó a aquel apartado lugar sus preciosos muebles, su vajilla de plata, su magnífico vestuario y cincuenta servidores; una vez instalado, ocupaba sus horas en largas charlas sobre religión con el jesuita Francisco de Borja, que antes había sido el gran duque de Gandía, y pudo de nuevo consagrarse a sus aficiones, las matemáticas y la mecánica, e incluso llegó a construir algunos relojes. De hecho, sus embajadores en el extranjero, conocedores de su debilidad por ellos, le enviaban los más preciosos y artísticos relojes procedentes de diversos países europeos, piezas únicas en su género con las que entretenía su tiempo. Coleccionó además pintura de los grandes artistas de la época, como Tiziano, y de los primitivos italianos y flamencos. Leía libros piadosos y de historia (sobre todo a Julio César, Tácito, Boecio y San Agustín), cantaba con los monjes en el coro y organizaba solemnes funerales por su alma que presenciaba tétricamente en la iglesia del monasterio.

Tras recibir la extremaunción, falleció en la madrugada del 21 de septiembre de 1558, dejando tres hijos legítimos de su matrimonio con doña Isabel de Portugal (Felipe II, María, reina de Bohemia, y Juana, princesa de Portugal), además de varios bastardos, entre los cuales el más célebre sería don Juan de Austria, concebido por la rolliza campesina Barbara Blomberg en 1545. Joven de simpatía arrolladora, Juan de Austria habría de comandar, años más tarde, las fuerzas españolas frente a las turcas en la batalla de Lepanto, y llegaría a ser gobernador de los Países Bajos.

Su ambición de resucitar el Sacro Imperio Romano, fundado en la unidad religiosa, había fracasado. Había creado, en cambio, el primer imperio colonial moderno, el imperio en que nunca se ponía el sol. Los más bellos retratos del emperador, a quien no desagradaba posar para los pintores, se conservan en el Museo del Prado de Madrid y son obra del gran pintor veneciano Tiziano Vecellio. En el que tuvo ocasión de realizar en 1533 en Bolonia, el modelo viste el suntuoso traje con el que fue coronado por el pontífice Clemente VII y sujeta con la mano izquierda el collar de un lebrel. El más majestuoso lo muestra a caballo según apareció en la batalla de Mühlberg, pomposamente cubierto de armadura, portando una larga lanza y tocado con yelmo empenachado. Aunque éste es quince años posterior, en ambos el genio de Tiziano supo revelar en la mirada de Carlos V el más acusado de los rasgos de su carácter: su inextinguible tristeza, su pertinaz melancolía.